jueves, julio 26, 2007

Paisaje ajedrecístico


Ante mi vista tengo el tablero ajedrezado y las treinta y dos piezas pero algo se esconde detrás, como detrás de los árboles está el bosque. El tablero se representa completo en mi campo visual, es finito, es breve. Ocho escaques a lo ancho, ocho escaques hacia el fondo. Sesenta y cuatro casillas en total. Pero yo se que las dimensiones del ajedrez no se limitan a estas dos. Un amplísimo e insospechado universo se extiende en una tercera dimensión, la del movimiento de las piezas. Intuyo que este universo es tan grande, o quizás más, que el universo de la noche en el que habitan las estrellas y las galaxias. No es, como éste, un universo espacial, sino que por el contrario existe gracias al factor de la complejidad. El navegar de las treinta y dos piezas a través de este vasto océano nos da una idea de su inmensidad, pero al mismo tiempo nos muestra la imposibilidad de conocer más alla de una pequeña porción. El tablero y sus piezas es apenas la visión de una semilla, siendo tan difícil conocer el universo que hay detrás, como lo es imaginar el árbol a partir de la visión de esta semilla, tan difícil como imaginar una bestia cualquiera a partir de un diagrama de su ADN. Tan difícil e infructuoso como conocer las treinta y dos sonatas de Beethoven con solo mirar las teclas blancas y negras de un piano.

Se puede imaginar un punto del que salen líneas, un tronco que se divide en ramas. El diagrama de árbol invertido es bien conocido por todos los teóricos de juegos, o los matemáticos en general. Pero esta imágen no me satisfacía del todo. Me parecía que faltaba un elemento, y no de poca importancia: el jugador de blancas y el de negras se dirigen a destinos distintos, mejor dicho, contrarios, irreconciliables. Están amarrados en el navegar de las piezas hacia un destino incierto, pero tironeando y luchando hacia distintos senderos. Irónico pero enriquecedor. ¿Cómo representar esta convergencia-divergencia? El árbol invertido era obviamente insuficiente.

En mi búsqueda de un nuevo paradigma quizá me excedí un poco. Pero podría ser ilustrativo para quien nunca ha jugado el ajedrez (o cualquier otro juego de estrategia y lucha) e interesante para quien ya lo ha hecho.

Imaginé un paisaje. En principio una llanura. Hay maleza otoñal y uno que otro arbusto verde que apenas permiten a la distancia distinguir unas suaves colinas. En la llanura un camino y sobre él un carro. Una carreta jalada por un caballo resulta más pintoresca. En el puesto del piloto un hombre todo vestido de blanco, con capa blanca y sombrero blanco tal vez. Más atrás, en la carreta, un hombre así mismo completamente vestido de negro. Amanece.

El caballero blanco tiene caracter afable, es abierto, aunque ciertamenta impulsivo y hasta se podría decir que agresivo. Su compañero por lo contrario es taciturno, parco en el habla, y pareciera que la mezquindad y la envidia ensombrecen su alma. Su trato es cordial pero inequivocamente existe mucha rivalidad. En el largo y cansado viaje que van a emprender, seguramente el caracter de uno influenciará al otro, cambiando ambos su estado de ánimo de acuerdo a las circunstancias de su aventura.

La misión del hombre blanco es conducir el carro a cualquier terreno suficientemente alto como para que la blanca nieve cubra el, en otras muchas partes, verde césped. La del hombre negro, y aquí reside la rivalidad, conducirlo a nivel del mar, o a cualquier otro punto que por ser suficientemente bajo este a la orilla de una laguna. El primer hombre conducirá de día, el otro, de noche.

Emprenden entonces el camino cuando el sol comienza a iluminar los paisajes del primer día. Apenas recorridas unas cuantas leguas el blanco es forzado a decidir entre varios caminos posibles, todos ellos al parecer muy frecuentados por otras muchas carretas, por estar muy definidos entre la vegetación. No tiene inconveniente en tomar a la derecha o izquierda en las bifurcaciones que va encontrando, pues la geografía es bastante plana y no tiene idea de cual vereda conduce a las tierras altas. A medida que avanza se presentan a su vista varias colinas, nada de importancia. Pone rumbo hacia la que parece la más alta, pero está a punto de anochecer.

Apenas brilla Venus en el cielo el hombre oscuro toma el lugar del cochero, y enfila hacia una vereda que pasa entre dos colinas, una de las cuales había sido el objetivo del otro jugador. A pesar de ser de noche la silueta del horizonte se dibuja perfectamente. El negro conduce con habilidad y pronto el terreno parece estar ligeramente en declive. Pero amanece y se encuentran en otra aparentemente interminable llanura.

Así pasan algunos días. De día hacia las colinas, de noche por en medio de ellas, pero la geografía es tan plana que no parece que ninguno de los dos rivales vaya a coronar con éxito su empresa. Pero repentinamente un soleado día, al salir de un denso bosque de coníferas, el corazón les da un vuelco. Ante sus ojos resplandece una alta montaña con un pico nevado. El blanco sabe, por la experiencia de éste y otros viajes (y en estas cuestiones la experiencia juega un papel fundamental), que está al alcance de ésta misma jornada, así que se dirige sin dudarlo hacia allá. El negro no puede sino observar con cierta preocupación. El de color claro no es, sin embargo, 100% optimista. Actúa con cautela. Ha oído historias de los inesperados peligros que acechan en este tipo de aventuras. En efecto, mucho antes de tocar la falda de esa montaña alcanza a divisar un barranco. Al parecer no es una, sino una serie de barrancas, unas más grandes que otras, que derivan y se relacionan con las crestas de la montaña, que ascienden a la cumbre. La topografía es compleja, mucho más de lo que parecía a la distancia. Podría emprender una ruta complicada alrededor de esta montaña para buscar un acceso más seguro por otro punto, pero eso le llevaría más de una jornada, quizá ésta y otras dos o tres, y en la noche su compañero de viaje podría tomar una de las sinuosas veredas hacia lugares insospechados. Desiste.

Apenas es el medio día del cuarto o quinto día, y las cosas se empiezan a complicar. La indecisión, el temor, la intranquilidad, amenazan con causar malas decisiones en el blanco. Pero este no es su primer viaje, y tiene otras virtudes que le ayudan, como la memoria, los relatos de otros viajeros (blancos como él, o negros), la tenacidad, la valentía, el arrojo, la inteligencia. Reflexiona y llega a la conclusión de que por esta vez atemperará su agresividad. No enfilará directamente hacia la montaña. Continuará por este camino hacia un claro florido, a un lado del bosque. En dos o tres dias podrá explorar estas tierras y tal vez intentar de nuevo acercarse a esa montaña. Además le pareció ver otras montañas allá en la distancia.

Al turista inexperto todo le podría parecer de lo más sencillo. Siempre, en cada bifurcación del camino, hacia lo más alto o lo más bajo, según sea el caso que juegue con blancas o con negras. Pero la topografía es mucho, pero mucho más intrincada de lo que el novato pudiera imaginar. No es raro que después de una alta colina siga un desbarrancadero profundo, o al revés, que el poco calculado salto a una fisura llegue a un camino que no hace sino subir a las cumbres nevadas. Estas decisiones espontáneas siempre resultan catastróficas. Lo que hay que hacer es afinar la vista, mirar lo mas lejos posible, para saber hacia donde se dirige uno.

Que el blanco iniciara esta aventura fue una ventaja enorme. Se dirigió pronto hacia las colinas en vez de seguir el caudal de un río que el negro había avistado. Parece estar resignado a tomar la peor parte, al menos durante los primeros quince o veinte días. Sin embargo siempre está al acecho de una oportunidad, y sabrá aprovecharla en su momento. Un pequeño descuido será suficiente, y él sabe que el terreno, aunque aparentemente es un altiplano, está plagado de barrancos, caudales y hasta profundas grutas ocasionales. La montaña más alta podría representar la perdición más cierta para el blanco, si en ella se encontrara una sola gruta o fisura.

Pasan unos días más. De todos modos ambos hombres, por viajes anteriores pero sobretodo por la lectura de cuadernos de viajeros, de antiguos exploradores que peinaron toda esta vasta zona, conocen relativamente bien la tierra que pisan. Al menos recuerdan los principales peligros: las montañas más altas y las barrancas más profundas. Pero más allá se encuentran con un terreno ignoto. Nadie jamás antes ha cruzado estos territorios. Las últimas veredas ya eran bastante borrozas. Al traspasar una alta encina que crecía sobre unos riscos desapareció todo vestigio de algun antiguo camino. Es un campo pedregoso, hay colinas, mechones de bosque, algunos claros. Nadie sabe que hay detrás de esas colinas. Claro que otros muchos han contado sobre parajes ignotos. Pero son historias tan diversas, de lugares tan diferentes, que de poco sirven ahora.

En general tampoco es aconsejable andar sobre sus propios pasos, regresar. En las primeras jornadas es posible, pero esto casi siempre ocasiona que el rival encuentre un mejor camino cuando es su turno, mejor que el que ya habían andado, e incline la balanza a su favor. En semanas posteriores esto es igualmente peligroso, aunque si se considera que se ha llegado a una zona suficientemente plana y carente de detalles topográficos de interés, se puede acordar un empate. Sucede, sin embargo, que en ambos hombres siempre campea un deseo de aventura. Para que quedarse en estos tristez llanos si a lo lejos se divisan altas montañas.

Además regresar es físicamente imposible si el terreno es demasiado accidentado.

Por la noche cruzan colinas y arroyos hacia un destino incierto. El blanco podría dormir, pero prefiere observar con atención y recordar otros viajes. Ha conocido los países más extraños. Azules lagos al pie de cordilleras nevadas, donde la única diferencia entre ganar y perder es quién conduce. Profundos barrancos que sin embargo están cruzados por puentes colgantes. Altiplanos interminables donde abundan, como trampas, agujeros que conducen a ríos subterráneos. Las posibilidades son prácticamente infinitas.

La próxima vez que vea las piezas sobre el tablero escaqueado, pensaré que el mundo es, en realidad, mucho más vasto, rico y gratificante de lo que parece a primera vista.

jueves, julio 19, 2007

Una vueltita por la riviera maya


Pues si, como voy a postear, si ni de la computadora me acuerdo. Y es que el emocionante sobrevuelo de buena parte de la geografía mexicana, los acolchonados y deslumbrantes cumulonimbus, algunos whiskeys en el avión y buena cantidad de cervezas junto a las doradas arenas de uno de los lugares más hermosos del planeta, hacen que uno se olvide de la realidad. Aunque no todo fue miel sobre hojuelas, gracias a unos cuantos pinches gringos mamilas, hijos de George Bush, que no heredaron su dinero pero si su costumbre de querer fungir de policías de todo y de todos, a todas horas y en todo lugar.



Aterrizar en Cancún es llegar al primer mundo, tanto por las maravillas que se presentan a la vista como por los precios. Sin embargo me parecieron excesivas las leyendas que afirmaban que un taco al pastor podía llegar a costar veinte pesotes (cinco veces más que en Macondo) y que todo era, de esta guisa, muy caro. Encontré lugares con precios comparables a los de cualquier lugar de la república, yo creo que todo consiste en ser un poquito más inteligentes que el turista promedio y no entregarse dócilmente al primer asaltante, quiero decir, personal de servicios turísticos. Los hoteles de Cancún poseen una gran cantidad de cuartos y de lujos, pero tienen el principal objetivo de ser totalmente antiecológicos y de convertir, tal como pasó hace algunos años en Acapulco, un lugar paradisíaco en una urbe contaminada, sobrepoblada y autodestructiva.



En Playa del Carmen, una hora al sur por carretera, es otra cosa. Casi totalmente hecho a la medida de mis sueños. También abundan los lugares pensados para reducir a la pobreza al más dotado de los ricos, pero todavía conserva un sabor pueblerino, si acaso combinado con un cierto estilo hippie; la playa ha sido menos maculada por la mano del hombre, existe una buena cantidad de bares de entrada y salida a discreción, una gran variedad de restaurantes con cocinas de todas partes del mundo, centros comerciales como Chedraui, Soriana, Aurrera y SAMS, y transporte muy económico a la isla de enfrente, Cozumel. También esta cerquita Xel-Ha, donde hay lindas tortuguitas nadando en tinas, y a tres horas está Chetumal y la frontera con Belice, donde algunos aseguran que existen unos fantásticos lugares donde nunca se hace de noche y se puede jugar pokar y beber whisky indefinidamente. Se me olvido preguntar si también hay pinches gringos.


Unas últimas recomendaciones para los que quieran viajar a estos lares: cachucha y lentes de sol obligados, sobretodo si son tan rubios como yo, y de preferencia permanezcan dentro de sus cuartos con el aire acondicionado a todo lo que da.