miércoles, febrero 28, 2007

Timbiriche II

Sin embargo, en estos últimos días me he dedicado profusamente a la práctica del timbiriche, mientras que el ajedrez lo tengo prácticamente abandonado. Entre clase y clase (en la escuela donde soy profesor), no más allá de 5 minutos cada vez, me enfrento a algunos de mis alumnos. Por algunos sin duda es visto como una actividad reprobable o una pérdida de tiempo, incluso como un incentivo del desorden y la corrupción de las costumbres. Yo lo veo como un ejercicio mental sano, se aprende a jugar en solo unos segundos (a diferencia del ajedrez), requiere solo una hoja de papel y un bolígrafo y podría ser motivante para el alumno, pues como el ajedrez también requiere estudio y desarrollo de habilidades mentales para llegar a tener un nivel de juego competitivo.

Considero mi responsabilidad jugar al mejor nivel que me sea posible. Hasta ahora estoy invicto, después de unas decenas de partidas. No me considero un genio, simplemente conozco ciertas teorías que me dan indudable ventaja. De hecho, como leí en una página dedicada al juego, hay (cuando menos) cuatro niveles de jugadores, cada uno de los cuales invariablemente derrota al del nivel inferior, puesto que conoce un teorema que los jugadores menos sofisticados no han descubierto (Berlekamp).

Me pregunto si estos mismos niveles de comprensión de las cosas (al menos de las cosas no triviales) no se podrían aplicar a otras ramas del conocimiento humano, como a la lectura de novelas, a la audición musical, o a la economía mundial. Saltar fuera del sistema, romper paradigmas... la puerta negra en la película Odisea 2001. Pero baste por hoy.

viernes, febrero 16, 2007

Beneficios del ajedrez

Una vez tuve la oportunidad de intercambiar opiniones con un mariguano. Acerca de su vicio hacía múltiples observaciones que demeritaban la acción dañina de la cannabis y amplificaban sus beneficios. Comentaba como, tal vez con razón, las drogas sintéticas eran bastante dañinas, mientras que algo que provenía directamente y sin ningún proceso de las plantas, no podía ser igual de nocivo. Además estaban las conexiones con parajes ocultos de la conciencia o la percepción, etc. Un cocaíno me ilustraba sobre lo necesario que era un poquito de ese polvo después de tomar unas copas, y lo bien que se restablecía el cuerpo. A su vez, un alcohólico me hizo énfasis en como Jesús el Cristo convirtió el agua en vino, y no al revés, y como en la última cena le dió singular importancia a tan exquisita bebida. No conozco, en efecto, un solo vicioso de cualquiera de los vicios conocidos, que se reconozca a si mismo como tal, y si por lo contrario es bastante frecuente que encuentren insospechados beneficios en su hobbie. El mio es el ajedrez, y aunque pocas veces he tratado de convencer a los que no conocen este noble juego de sus bondades y beneficios, si me he preguntado seriamente, en la intimidad de mi conciencia, si estos beneficios y estas bondades son tan reales, si algún estudio científico las corrobora, o si por el contrario, a la manera de mis amigos insalubres, mi propia condición de vicioso me hace exaltar con virtudes a un objeto que quizá no las tiene. Y es poco lo que he encontrado, más allá de lo que popularmente se conoce y se comenta:

Incremento de la inteligencia: La gran mayoría de los ajedrecistas, por no decir enfáticamente que todos, tienen un altísimo coeficiente intelectual. Muchos son exitosos profesionistas en otros ramos diferentes al ajedrez, muchos son matemáticos, físicos o científicos. Sin embargo no me queda totalmente claro cual es la causa y cual el efecto; si al practicar el juego desde su infancia aumentaron su inteligencia o si por el contrario al ser ya inteligentes se inclinaron por un juego, en definitiva, intelectual. Hay indicios científicos que apuntan al hecho que el ejercicio intelectual aumenta el tamaño del cerebro (National Geographic Channel dixit). Al ser el ajedrez un ejercicio intelectual tal vez incremente la inteligencia de quienes lo practican.

Uso del pensamiento crítico: El ajedrecista, constantemente prueba y después confirma o rechaza teorías. A menudo experimenta como una idea que parecia buena resulta en la práctica mala o francamente catastrófica, y comprende al mismo tiempo como el devenir de esta idea no tiene nada que ver con la suerte, con criaturas divinas o causas metafísicas. El ajedrez le ayuda a comprender lo que es formar hipótesis, ponerlas a prueba, y aceptar con madurez y sin prejuicios los resultados, más allá también de sus creencias.

Ejercicio de la memoria: para llegar a ser un competidor medianamente capaz, se tiene que memorizar una serie de ardides, teorías, estrategias para el medio juego y los finales; pero nada comparado con la memorización de las jugadas iniciales o apertura. Creo que no exagero al decir que un profesional tiene que aprender, entre aperturas y variantes, cientos de posiciones, y tiene que saber, en cada una de ellas, y no por inteligencia sino por simple y llana memorización, que jugada realizar. Incluso que jugada realizó tal o cual jugador y contra quien y en qué condiciones (buscaba un empate, o un juego más agresivo). Esta memoria es sobretodo visual, tiene que ver con patrones y posiciones relativas de unas piezas con otras, pero no me queda nada claro porqué muchos de los practicantes del ajedrez también desarrollan una sorprendente memoria auditiva, que los hace buenos en otros campos como la música y los idiomas.

Concentración: El ajedrez requiere la atención exclusiva, prolongada y organizada hacia la resolución de un problema. Cada una de las jugadas es un problema a resolver y requiere, en mayor o menor medida, este tipo de atención. Seguramente este tipo de enfoque hacia los problemas en general sea de beneficio en la vida diaria.

Disciplina: Un ajedrecista mejora su juego con el estudio, no con la práctica. Si el ajedrez se aprendiera con la práctica, los campeones del mundo tendrían 80 años, y vemos que sucede lo contrario, continuamente aparecen estrellas de muy corta edad, como Magnus Carlsen. Para enfrentar las muchas horas de estudio se requiere de disciplina.

Creatividad: No hay reglas en el ajedrez que sean lapidarias o definitivas. En pocas actividades humanas queda tan bien aquello de que "las reglas son para romperse". Precisamente la jugada más extraña y más inesperada es la que nos puede conducir a la victoria sobre nuestro rival. La estrategia más novedosa es la que nos puede dar esa ligera ventaja que separa a un empate de una victoria. El ajedrez es un terreno amplio para ejercer la creatividad. En México, a nuestra cultura de anquilosada demagogia no le vendría mal un poco de esta actitud creativa, y el ajedrez podría ser uno de sus catalizadores.

Intuición: Aparte de las herramientas racionales, como son la memorización, el estudio y la reflexión, todo ajedrecista sabe que siempre hay un componente irracional que tiene que considerar y del que debe sacar el mejor provecho. Yo definiría la intuición como el componente emotivo e irracional que nos hace tomar una decisión en situaciones demasiado complejas. No en pocas ocasiones el ajedrecista se ve abrumado por las miles o millones de posibilidades que alcanza a percibir en las próximas jugadas. Esto es común sobretodo en el medio juego. No hay ser, humano o máquina que pueda calcular exactamente ante este océano de bifurcaciones, después de todo el ajedrez es un problema sin solución, y tal vez lo sea por muchos años por venir. Esto se aplica también en la vida diaria; no si soy un burócrata o un empleadillo de quinta, pero si cuando soy un empresario tratando de encontrar la mejor forma de hacer productiva mi empresa (o un líder africano tratando de erradicar para siempre la hambruna, o un líder mexicano tratando de llevar su país al primer mundo). Afinar la intuición es la tarea más difícil con la que se puede topar un hombre, pero quizá el ajedrez podría ayudar un poco.

Humildad: Lo primero que tendría que aprender un ajedrecista no es a ganar, sino a perder. Todos pierden, hasta Kasparov perdía. Y el último juego antes de retirarse, el que podría ser el de su mayor gloria, lo perdió. El ajedrez siempre está dispuesto a darnos una lección, algunas veces muy amarga, pero de la más cruel derrota es de la que más se aprende. El que abandona el ajedrez después de las pocas primeras derrotas, es demasiado soberbio y orgulloso para reconocer que puede aprender algo nuevo. Pero el veterano que ha jugado exitosamente miles de veces no puede todavía caer en la soberbia, y debe de reconocer, humilde, que aún está aprendiendo. Y créanme que es más doloroso perder para un veterano que para un novato (quizás con este video de Garry Kasparov los convenza). Es digna de admiración la carrera ajedrecista de Kasparov, que con entereza y humildad admitió sus derrotas pero nunca se doblegó. En el otro extremo está Fischer, que, aunque extraordinario jugador, prefirió retirarse a volver a perder (prácticamente se retiró después de ganar el campeonato mundial).

Una referencia interesante
Otra
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